y guardado con las demás canicas de colores.

Aniku sabía que en el mundo sólo había dos cosas por las que luchar: el amor y la coherencia. Soñaba a menudo con un platónico lunático que la asaltara en la puerta de un bar y la llevara consigo a cualquier parte. Imaginaba un tiempo desconocido de cohesión sin fisuras. Deseaba un rapto romántico que la enmarcase en un cuento atestado de perdices. Y mientras tanto observaba, reía y caminaba en volandas. Con un suspiro de anhelo contenido en los labios. Cada día vivía con la nariz pegada al diario. Estudiaba las palabras enlazando coherencias perdidas entre el monótono ruido de la información. Fisgoneaba la realidad hilando una túnica de hechos contrastados que la situase en el mundo. Quería un lugar en el que ubicarse. Y mientras tanto observaba, reía y caminaba sobre vidrio roto. Con un suspiro de rabia contenida en los labios. Así era Aniku por aquel entonces. Tan llena de amor y coherencia que en ocasiones el suspiro se materializaba incapaz de impedir su sonido...

Lo escribió un ángel que mantiene que ocurrió por mera casualidad.